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Isla del Trocadero Puerto Real, Cádiz

En todo lo que Cádiz ha ido acumulando durante su historia milenaria, hay algunos nombres que, por lo que sea, han acabado siendo más conocidos que otros.

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En todo lo que Cádiz ha ido acumulando durante su historia milenaria, hay algunos nombres que, por lo que sea, han acabado siendo más conocidos que otros.

El del Trocadero es uno de ellos. En parte, porque está escrito en el Arco de Triunfo de París, junto a otros lugares de los que el ejército francés salió victorioso, fuera por goleada o por penalti injusto.

Así que, como habrás imaginado, la cosa va de guerras y asuntos bélicos.

En la pequeña isla de Trocadero quedan hoy los restos de una fortificación que Felipe V ordenó levantar en 1706, para defender la bahía de Cádiz de filibusteros y gente con afición por el oro y la plata ajenos.

Felipe, deja que te recordemos, era el primer Borbón que se encasquetaba la corona española, y acabaría tan mal de la chaveta que, según dicen, hasta llegó a creerse que era una rana. Pero además de todo eso, era francés, y cuando se vino a España trajo consigo una pila de ayudantes de su tierra entre los que había unos cuantos ingenieros.

A ellos les encargó la construcción del fuerte de San Luis, en cuyo futuro habría un montón de batallas, escaramuzas y cosas así. Entre 1810 y 1812, el baluarte fue un dolor de cabeza para las tropas napoleónicas, que tuvieron que recurrir a los bombardeos sobre Cádiz y encima aguantar que los andaluces hicieran coñas a su costa: ¿te suena esa cancioncilla que dice que las gaditanas se hacen tirabuzones con las bombas que tiran los fanfarrones? Pues eso mismo.

Lo gracioso del asunto es que, como ves, eran los franceses quienes habían construido el fuerte y fueron ellos quienes lo bombardearon un siglo después. Y ahora que, pasados los líos, había que reconstruirlo, resulta que también iban a tener que echar una mano sus expertos.

Como muestra de la fijación de nuestros vecinos del norte con esta fortificación, veamos qué ocurrió poco después, en 1823: Fernando VII y su gran nariz estaban en Cádiz, secuestrados por las cortes españolas y escuchando rumores de guillotinas y tal. Pero Luis XVIII había enviado un ejército  para echarle un cable a su primo.

Así que la ciudad se preparó para otro asedio como el de años atrás, pero esta vez estaba sola, sin apoyos. El fuerte de San Luis cayó y sus piedras quedaron rojas de sangre en un último servicio que los franceses anotarían como victoria en su monumento parisino. Se ve que tenían unas ganas locas.

De todo aquello, ya ves, quedan ruinas. Y también unas marismas que, en realidad, fueron siempre parte de la defensa gaditana y hoy forman un paisaje protegido por el que vale la pena que te des una vuelta. Que no todo va a ser historias de cañones y bayonetas, ¿no?


Isla del Trocadero


Puerto Real

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