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Palacio Real

Madrid

No deja de tener su gracia que el último inquilino del gigantesco Palacio Real haya sido, hasta el día de hoy, el presidente de la Segunda República. Pero para cuando Manuel Azaña se dio sus paseos por aquí, el monumento ya tenía una intensa y apasionante historia.

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No deja de tener su gracia que el último inquilino del gigantesco Palacio Real haya sido, hasta el día de hoy, el presidente de la Segunda República. Pero para cuando Manuel Azaña se dio sus paseos por aquí, el monumento ya tenía una intensa y apasionante historia.

Los musulmanes del siglo VIII montaron en este lugar una torre de vigilancia estupenda. Una atalaya para controlar los caminos que con el tiempo creció hasta hacerse un señor alcázar. Pero, con alcázar y todo, los cristianos ocuparían el sitio sobre 1085, y rápidamente la decoraron a la moda castellano-leonesa. Años después los ejércitos enemigos intentarían sin éxito recuperar la villa, montando un asedio en lo que todavía se llama Campo del Moro.

Aquella fortaleza llegó hasta el mismo Siglo de Oro, con Felipe II dirigiendo el universo, o casi, y pensó el monarca que era cosa de darle otra cara a la construcción, ya para entonces hecha un lío de estilos y parches. Así que recurrió a Juan de Herrera, su arquitecto y nigromante de confianza, quien dejó al monumento con un aspecto uniforme, adusto e implacable.

Es de suponer que el rey quedó contento, pero el tiempo siguió pasando y después de los Austrias, recién estrenado el siglo XVIII, llegaron los franceses; los sofisticados y versallescos Borbones, que, por supuesto, sufrieron un patatús al ver la lúgubre mole de Herrera.

Había que remodelar aquello de inmediato, pero tuvo que llegar el fuego a despejar el horizonte: en la Nochebuena de 1734, un incendio se comió enterito al anciano alcázar y dejó vía libre para empezar de cero un verdadero y suntuoso palacio real. Felipe V acudió al arquitecto Filippo Juvara, quien se entusiasmó tanto que propuso unas medidas colosales para el edificio, con miles y miles de estancias. Bien se ve que no pagaba él la obra, pero de todos modos no vivió para realizar el proyecto y su testigo fue tomado por otro italiano, Juan Bautista Sachetti.

Juan Bautista se cortó un poco más y redujo las dimensiones a unas más modestas, lo justo para doblar en tamaño a Buckingham o Versalles. El edificio quedó inaugurado en 1764 y la gente se acostumbró a llamarle Palacio de Oriente porque así llamaba también a la plaza que está pegada. Ya sabes que, muchas veces, esto de los nombres se escapa de las manos.

Y no hemos querido decirlo hasta ahora para no asustarte, pero también has de saber que este palacio está embrujado. Del mismo incendio de 1734 se echó la culpa a fuerzas sobrenaturales, y parece que durante la obra posterior no paraban de aparecerse espectros hablando en árabe. Dicho esto, eres libre de entrar… bajo tu responsabilidad.

Si lo haces, vete a ver la Armería, una de las más impresionantes del planeta, y la Real Farmacia, llena de frascos y cachivaches fantásticos. Tampoco dejes de pasar por los Jardines de Sabatini, por la Biblioteca, y por todos los salones que puedas.

Vamos… que te recorras bien este lugar, que lo merece de verdad.


Palacio Real

Calle de Bailén, s/n
28071 Madrid
(+34) 914 54 87 00

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Etiquetas: Arte Barroco

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