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Alba de Tormes Salamanca

Pues aquí estamos... Frente al puente que algunos santos, nobles, ejércitos y descuartizadores cruzaron, y otros intentaron cruzar,. Y al otro lado, una hermosa y pequeña localidad que ha traído y atraído lo mejor de la estrategia, el comercio, la ganadería, la literatura mística y la especulación santera. Estamos tan solo a unos 20 kilómetros de Salamanca y aquí hay mucho que ver.

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Pues aquí estamos... Frente al puente que algunos santos, nobles, ejércitos y descuartizadores cruzaron, y otros intentaron cruzar,. Y al otro lado, una hermosa y pequeña localidad que ha traído y atraído lo mejor de la estrategia, el comercio, la ganadería, la literatura mística y la especulación santera. Estamos tan solo a unos 20 kilómetros de Salamanca y aquí hay mucho que ver.

Comencemos por el principio, por este largo vado que ya los romanos salvaron con un puente que permitía traer y llevar preciados metales por su imponente (y muy-muy rentable) Vía de la Plata. El puente actual es en realidad una reconstrucción de aquel, mil veces rehabilitada de acuerdo a las necesidades y modas del momento. Pero su función y valor siempre ha sido el mismo; permitir (o no) y controlar (sí o sí) quien cruzaba de Castilla a León y viceversa. Hablamos de un tiempo en que las fronteras las marcaban los ríos y los puentes era sus aduanas.

A otro lado del río Tormes se aprecian una interesante cantidad de torres, militares y eclesiásticas, que dibujan sobre el cielo un precioso skyline y, sobre el papel, un buen puñado, de no menos interesantes, lugares, historias y anécdotas.

Tal vez la pieza principal de este pequeño puzzle de santos, nobles y guerreros transformados en edificios sea el Convento de las Carmelitas, donde se encuentra la tumba de Santa Teresa de Jesús (ya sabes la de “vivo sin vivir en mi”) y su impactante (en todos los sentidos) colección de reliquias que convirtieron a la gran poetisa de la mística del Siglo de Oro español en una suerte (desgracia más bien) de despiece incorrupto y a la venta al mejor, o más santo postor…

En esta historia de casquería santificada merecen mención especial, para las almas más fuertes, su cuerpo y brazo incorruptos (y separados) junto a su corazón, rasgado por un ángel en peno éxtasis místico. Lástima que la impresionante escultura de Bernini que ilustra este momento único, se encuentre en Roma, a más de 2.000 kilómetros de distancia. Así es la historia; unos se quedan con las reliquias y otros con el arte.

Y hablando de arte. Cerca de este convento se encuentra la inacabada basílica en honor de la susodicha Santa Teresa, cuya construcción se inició allá por el siglo XIX y que aún sigue en obras… Mala pata, de nuevo para quien fue, además de santa, una gran escritora y trabajadora. Malos tiempos para la lírica...

Y por seguir con otro gran escritor místico, a apenas un par de calles de aquí podemos ver la modesta y coqueta iglesia dedicada a San Juan de la Cruz, el primer templo a él dedicado y construido, también en esta ocasión, por los carmelitas.

Para acabar con el apartado religioso de cosas a ver, si tenéis tiempo, os apetece o simplemente os gusta callejear (actividad doblemente sana para el cuerpo y el espíritu justo antes del aperitivo) podéis deteneros en el Colegio y Seminario San Jerónimo, en las iglesias de las Madres Benedictinas, de Santiago, san Juan y san Pedro o en la Ermita de la virgen de Otero.

Y ya, una vez repasada tanta santidad, tendremos que comenzar a hablar del poder terrenal, de castillos y cañones, de formaciones en cuadro y de la caballería. Vamos por partes.

Seguro que esto de Alba os suena mucho, pero ¿sabíais que es precisamente de este pequeño lugar de donde procede originariamente la estirpe que hace pequeña a la casa real española?. Así es.

Recordaréis que en el horizonte o skyline de la villa se dibujaba una monolítica estructura militar, en sus tiempos tan vigilante como amenazadora. Son los restos del castillo medieval de los Duques de Alba de Tormes. Por desgracia, de él solo queda la Torre del Homenaje, de factura gótica y reconstruida a mediados de siglo pasado, ya que tuvo la mala fortuna de haber servido de cuartel a las tropas napoleónicas justo cuando Juan Martín “el empecinado” se presentó por estas tierras. Lo habitual en aquellos tiempos… un poco de pólvora y se acabó el problema, no sea que vuelvan.

Y volver, lo que se dice volver, no volvieron. Pero el 28 de noviembre de 1809 y con el frío helando los cuerpos y las almas, las tropas españolas se desplegaron de espaldas al puente sobre el río Tormes para hacer frente a la caballería del ejército que había doblegado Europa entera. Un año sin victorias había pasado desde la derrota de la “Grande Armée” en Bailén y digamos que, cierta desmotivación, corría entre las tropas hispano-anglo-lusas.

La situación era verdaderamente desesperada y la solución lo fue igual. Desplegados de espaldas al río y con un estrecho puente que defender. Con la caballería enemiga a unos cientos de metros y la infantería francesa aproximándose a marchas forzadas solo cabían dos alternativas: vencer o morir.

La primera carga de la caballería francesa acabó rápidamente con los pocos jinetes del ejercito defensor del paso y, ahora, cargaban contra la infantería. Cientos de jinetes de destreza y valor demostrado en un galope sangriento y atronador frente a la infantería, a pie y con las bayonetas caladas como primera y desesperada defensa.

Una, dos, tres y hasta cuatro cargas consecutivas fueron detenidas antes de que la infantería, a ciegas, sudorosa, sangrante y con más de tres mil bajas, se retiraran cruzando el puente para defender la otra orilla.

Con la llegada del nuevo día, la infantería francesa, llegada de refresco, cruzó el estrecho camino y confirmó una victoria tan poco ejemplar que supo a derrota y que, tal vez, marcó el inicio del fin. El cambio de una tendencia en la que los franceses arrasaban y los derrotados huían despavoridos. Una tendencia que acabaría extendiéndose por toda Europa y que derrumbaría, unos años más tarde, el sueño imperial de Napoleón.

Puede que el nombre de la batalla de Alba de Tormes figure en el Arco del Triunfo de París como una gran victoria más de los ejércitos napoleónicos, pero ya sabéis lo exagerada que es la publicidad y el autobombo. Hoy y siempre.


Alba de Tormes

Castillo de los Duques de Alba. C/ Castillo, s/n. (Ofic. de Turismo)
37800 Alba de Tormes
(+34) 923 37 06 46

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