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Fuente de Hércules

Barcelona

Caminando por las calles de Barcelona nadie diría que la ciudad tiene más de dos mil años. Y es que, aunque enterrados bajo su suelo pueda haber restos romanos, griegos, fenicios y cartagineses, prácticamente nada de verdadera antigüedad ha quedado en la superficie, a la vista de los paseantes.

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Caminando por las calles de Barcelona nadie diría que la ciudad tiene más de dos mil años. Y es que, aunque enterrados bajo su suelo pueda haber restos romanos, griegos, fenicios y cartagineses, prácticamente nada de verdadera antigüedad ha quedado en la superficie, a la vista de los paseantes.

Las vías de la Barcino romana estuvieron, seguramente, abarrotadas de estatuas dedicadas a los dioses, los tritones y las nereidas; pero hoy, ya ves, tenemos que conformarnos con la Fuente de Hércules. Fue levantada entre 1797 y 1802, en pleno período neoclásico, y la paradoja del asunto es que en aquella época se buscaba imitar el esplendor de las esculturas clásicas, las mismas que quizá se encuentren todavía aquí, pero en pedacitos y a quince metros de profundidad.

Así que, por esos caprichos de la historia, en esta fuente, obra de Josep Moret y Salvador Gurri, está la más antigua estatua que ahora puede verse en la milenaria Barcelona.

Mirando un rato al forzudo héroe de piedra es difícil evitar que se nos vaya la cabeza al pasado, a los brumosos orígenes de la ciudad. Parece que nos quedaremos sin saber si fue el propio Hércules quien la fundó después de un naufragio, si fue Melkart, un mítico personaje fenicio que habría llegado aquí mil años antes de Cristo, o si fueron los cartagineses del clan Barca, más de siete siglos después.

Lo que no ofrece demasiadas dudas es que los romanos construyeron esta ciudad sobre una población mucho más antigua, a la que dieron brillo y grandiosidad como solo ellos sabían. Barcino llegó a ser tan importante como su estadio proclamaba: una ciudad con su propio senado y su propio estandarte con la inscripción «SPQB» (El Senado y el Pueblo de Barcino), en lugar del conocido «SPQR» (El Senado y el Pueblo de Roma).

Son todas esas cosas las que nos hacen pensar en el semidiós que mira desde lo alto de su pedestal, en el céntrico Paseo de San Juan. Pero también en cómo pudo ser la inauguración del monumento, allá por 1802. El acto fue presidido por el rey Carlos IV y su mujer, María Luisa, que probablemente se aburrieron como ostras, mientras se sucedían las formalidades de rigor, quizá él pensaba en sus violines y en sus perros de caza, y ella en su amante Manuel Godoy; o quizá reflexionaban, ambos, sobre la cara de pánfilos con que se les había retratado en el cuadro de familia, ese que Goya había terminado el año anterior.

Seguramente a ellos no les interesó demasiado la fuente ni la estampa del hijo fortachón de Zeus; pero hoy, sin embargo, esa vieja estatua resulta tan rara como valiosa en una Barcelona que conserva muy pocas huellas de los tiempos lejanos.


Fuente de Hércules

Carrer de Còrsega, 436
08037 Barcelona

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